¿Hacia dónde vas?

El camino del yoga es singular. Cuando entré en mi primera clase de yoga en 2004, no terminaba de comprender cómo el hecho de hacer formas con mi cuerpo iba a hacerme más feliz.

Esa primera clase no dejó una gran impresión en mí. Me sentía bien, pero aún así, no conseguí conectar con la dinámica de lo que hicimos. Y el amigo con el que fui se quedó dormido y terminó roncando en la relajación final. No muy alentador.

Después de explorar diferentes disciplinas mente-cuerpo, volví al yoga unos años más tarde. Estaba en medio de una crisis personal, una de esas veces en las que te ves obligada a reconsiderar el curso de la vida. El yoga apareció de nuevo, y lo retomé. Lo sentí diferente esta vez. No estaba cegada por él (todavía), pero por alguna extraña razón, comencé a practicar.

En 2010 descubrí el Ashtanga yoga. Aunque me gustó, la secuencia fija de posturas me parecía desalentadora y un tanto insípida. Durante los dos años siguientes, estuve alternando el Ashtanga con otras disciplinas de yoga y actividades físicas. Fue en el otoño de 2011 cuando comencé a despertarme cada vez más temprano para hacer algunos Saludos al Sol antes de ir a trabajar. En aquella época vivía en Dublín y trabajaba en Desarrollo de Negocio para un conocido gigante de la tecnología. La energía que esos 15 minutos de práctica me daban me mantenía activa todo el día. Mis resultados en ventas eran cada vez mejores y me sentía concentrada, conectada y llena de vida.

Estos 15 minutos pasaron a 30, después a 45, después a 90. Si perdía un día de práctica, estaba incómoda e inquieta. Y así, comencé a renunciar a otras cosas: correr (¡me fastidiaba las rodillas y las caderas!), el gimnasio (muy aburrido) y otras disciplinas de yoga (acostumbrada a trabajar a mi propia ritmo, ser dirigida en una clase me parecía innecesario y molesto).

Me convertí en una groupie del Ashtanga. Y ese fue el caso durante algunos años. En 2018, después de una serie de eventos que alteraron mi vida y mi visión del mundo para siempre, las cosas empezaron a cambiar. Estoy convencida de que la práctica y la enseñanza me salvaron de la depresión. Me había dedicado a una causa loable, a algo que tenía sentido para mí, y así, en medio del caos, fui capaz de ver la belleza de la vida y de mantener la esperanza.

Sin embargo, todavía había mucha confusión. Y a día de hoy, aún la hay.

Me acostumbré a vivir sin algunas respuestas. Fui abandonando posturas rígidas e ideas fijas, permitiendo que las cosas siguieran su curso. Identifiqué mis demonios internos, las formas según las que me engañaba, y cómo éstas eran responsables de mi infelicidad. En resumen, me di cuenta de que estaba siendo víctima de mi propia ignorancia.

Desde entonces, mi práctica diaria se ha convertido en una oportunidad para un estudio interno genuino y honesto. Día tras día, abro la esterilla sin saber qué pasará. Aprovecho ese momento como una oportunidad para observar, escuchar y aceptar la naturaleza cambiante de la realidad. A menudo me siento incómoda, no me gusta lo que veo. No es un proceso sencillo, pero es necesario.

Junto con la honestidad y el pragmatismo, la compasión y la paciencia se han convertido, para mi, en cualidades esenciales. La práctica es sólo una herramienta. La intención es lo que importa. La voluntad y la disposición de mirar, de permanecer con lo que emerge y de conectar los puntos.

Pasado un tiempo, conoces mejor tu mente, tu alma, tus puntos débiles, y lo que te hace saltar. Tu visión del mundo y las historias que te cuentas. A menudo, ves cómo tú misma entorpeces tu propio camino. Es un proceso complicado de aceptar, porque el ego, desde su fragilidad, ansía tener razón, pero necesario. Estamos ciegos, y mientras ese sea el caso, no hay sabiduría, solo fantasía.

El futuro no está grabado en piedra. Aunque existan ciertas tendencias dentro de nosotros, creamos nuestras circunstancias. Con cada decisión que tomamos, nos dirigimos a algún sitio. A veces nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestras emociones no resueltas nos hunden más en el pozo. Otras veces, en cambio, conseguimos encontrar una salida.

Mi pregunta para ti esta semana es, ¿hacia dónde vas?

Carmen